sábado, 1 de septiembre de 2012

En el orfanato es invierno

En el orfanato es invierno. Aunque haga sol, aunque sea mayo, es invierno. Siempre llueve y hace frío, y no hay ni abrigos ni paraguas.

En el orfanato es invierno, y los niños juegan cuando no están llorando. Aunque saben que son diferentes se sienten como si fueran hermanos. Y se pelean. Y se perdonan. Y se vuelven a pelear.

En el orfanato es invierno. Y en él los niños no saben qué es la rabia y el odio. No lo saben porque forma parte de ellos. Están fijos en sus huesos, como el calcio y el estroncio.

En el orfanato es invierno. La fachada está llena de colores, de esperanza, de vida. Las paredes interiores están entumecidas, grisáceas, tristes, mustias. Muertas. Más que muertas. Las paredes nunca estuvieron vivas. Y los niños del orfanato lo saben.

En el orfanato es invierno. Y lo es siempre, salvo el día de la madre. Ese día los niños van a su encuentro. Salen en fila, uno detrás de otro, para ver a su madre. Uno tras otro. Para tocar a su madre. Uno tras otro. Para escuchar a su madre. Uno tras otro. Para hablar a su madre. Uno tras otro.

En el orfanato es invierno. Y lo sigue siendo para quien no puede caminar para dar con su madre; o para quien no tiene ojos y no puede ver a su madre; o para quien no tiene manos y no puede tocar a su madre; o para quien es sordo y no puede escuchar a su madre; o para quien es mudo.

En el orfanato es invierno. Los agentes levantan la barrera entre asustados y conmovidos. Las agujas bailan enloquecidas y el chirrido de los electrones hace palpitar de temor el corazón de los militares presentes, pero no quieren dejar a esos niños sin ver a su madre.

En el orfanato es invierno. Y esos niños que luchan contra el invierno saludan a su madre en el día de la madre. Ella les recibe con el traje de hormigón que viste todos los días, y les dice que les quiere de corazón. De ese corazón de uranio y plutonio que aún late.

En el orfanato es invierno. Los niños no saben que visitar a su madre les sigue acortando la vida. Tampoco saben que su vida ya está cercenada por los radioisótopos que han asimilado, y que siguen asimilando con cada visita. Sólo saben que su madre estará siempre ahí, esperándoles, para que vengan a visitarle en el día de la madre.

Inspirado en el cortometraje Chernokids: Los niños de Chernobil, sin cuya idea jamás hubiera podido escribir este relato.

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